TRANSFORMACIÓN CURRICULAR UNIVERSITARIA
Absalón Méndez Cegarra
Está de moda en la educación universitaria nacional hablar de transformación curricular al igual que lo estuvo en la década de los años 60 del siglo pasado en tiempos de la “renovación académica”. De cuando en cuando se le antoja a alguien inventarse una prédica, una moda, un lenguaje, un modelo, una teoría, etc. y, con euforia la impulsa buscando adeptos que la sigan y, quien no lo haga, sencillamente, está fuera de moda.La educación, en términos generales, es propicia a la creación de modelos pedagógicos, educativos, al desarrollo de teorías, técnicas y prácticas educativas de enseñanza y aprendizaje. La moda no es cuestionable, lo cuestionable es la imposición de algo que no ha sido evaluado, que cambia, sin cambiar y sin valorar su efectividad y el contexto educativo, cultural, social, político y económico en el que tal moda o propuesta será establecida. La educación como proceso formativo y de realización personal, va más allá del la enseñanza - aprendizaje. La educación es dinámica y responde a multiplicidad de factores en correspondencia al contexto en el cual se inscribe el hecho y proceso educativo, no en vano, la educación se concibe, además de lo que le es esencial: la formación y preparación de la persona, como un medio de socialización y de ideologización; por consiguiente, la educación, no es ajena al contexto ideo político, social, cultural y económico de los pueblos y de los educadores. En un determinado momento se le consideró como un aparato ideológico y, en algunos Estados totalitarios, no democráticos y plurales, cerrados al pensamiento universal, dados al pensamiento único, como en Venezuela, la educación cumple, básicamente, ese rol ideológico y nada más. La escuela se transforma en escuela de formación de cuadros para el activismo y la militancia política, muy a la usanza de todo proceso revolucionario.
La Ley Orgánica de Educación (LOE) vigente, es un poema, una declaración de principios que mezcla indebidamente orientaciones rectoras de la educación con otras que se corresponden mejor al ejercicio de la vida político - ideológica de las personas en la sociedad a la cual pertenecen, con lo que se tergiversa los fines de la educación y el proceso educativo, cuyo resultado es el que vemos en la niñez y juventud venezolana actual: la escuela ha dejado de ser un medio de socialización; no forma, deforma; no instruye, destruye; no capacita, discapacita.
El sistema educativo venezolano es un engaño, un fraude que se está cometiendo con la juventud. Educación básica, con escasos días de clases y sin maestros debidamente formados; liceos, sin clases, sin profesores y con asignaturas que nada tienen que ver con formación y preparación para el trabajo ni para la prosecución escolar; y, una educación superior o universitaria, que va por el mismo camino. Dentro de muy pocos años no habrá personas que se dediquen a la educación, esta es una profesión y oficio depauperado, miserable, infravalorado.
Recientemente, el profesor Tulio Ramírez, en ponencia presentada en las XIII Jornadas de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, aportó cifras demoledoras en cuanto al número de docentes que se requieren y la imposibilidad de atender esta demanda debido a la baja matrícula que experimentan las escuelas de educación y pedagógicos en Venezuela.
Hace algunas décadas se estableció que las escuelas, liceos y universidades debían elaborar y diseñar los planes de estudio y programas de las asignaturas por objetivos, medibles en términos de conductas terminales de los alumnos. Hoy, el diseño por objetivos, sin explicación alguna, no va, no sirve, pues lo pertinente, es el diseño por competencias.
La vida cotidiana y la educativa, también, nos enseñan que para lograr un objetivo necesario es desarrollar conductas, acciones, que hagan posible el logro del objetivo. Estas acciones y conductas, no son más que competencias. Para lograr o construir algo, debo saber hacerlo y, ese saber, es competencia.
La UCV y, temo que la universidad venezolana, se ha planteado diseñar carreras profesionales y los estudios de postgrado por competencias, para que el perfil de egreso evidencie que se “sabe hacer”, supuestamente lo que se conoce y da título al oficio que se profesa. Tal cosa , en principio, parece acertada; pero, el asunto estriba en que no se trata de cambiar un verbo por otro que denote acción, competencia; se trata, de crear un sistema educativo de calidad y excelencia académica en el que las bases logren sustentar lo colocado encima, es decir, una educación primaria y secundaria muy sólida que permita al alumno salidas intermedias para su incorporación al sistema productivo y para la prosecución en la educación universitaria, sí es el caso. De nada sirve arreglar la educación universitaria, lo cual pasa, en primer lugar, por la existencia de una planta profesoral bien formada que actúa en un marco de condiciones salariales y laborales que le garantizan cierta calidad de vida y bienestar, ambiente proclive para la docencia e investigación de calidad.
El alumno que egresa de la educación básica carece de la formación que le permite proseguir estudios. La educación media, tampoco, lo forma y prepara debidamente. El egresado con el título de bachiller, único requisito para el ingreso a la educación universitaria, no garantiza la profesionalización. Se llega a la universidad sin conocimientos básicos y firmes para cursar cualquier carrera. El resultado no se hace esperar, aunque tardío: deserción y fracaso total.
El siguiente dato, aportado por el profesor Tulio Ramírez, es dramático, mortal. En la Facultad de Ciencias de la UCV, de un número de inscritos de más de 400 alumnos, el 60% de ellos, no aprobó ni una sola de las asignaturas inscritas. Muchos de los alumnos que asigna OPSU, utilizando como criterio de asignación la pobreza, proveniencia de liceos públicos y bajas calificaciones, ni siquiera se inscriben y si lo hacen a la semana desertan, abandonan los estudios. Esto constituye un verdadero fracaso educativo.
En materia educativa, en lo primero que hay que pensar es en el binomio profesor - alumno. El alumno debe ir a la escuela bien nutrido y el profesor también; entonces, se requiere de una escuela que aporte los cimientos básicos, los pilares fundamentales del hecho educativo, así, el alumno prosigue su camino hacia la profesión que aspira obtener, ejercer y ser de mejor manera. Pero, para lograr este objetivo, el profesor que acompaña al alumno debe disfrutar de condiciones de trabajo que le permitan ejercer su ministerio con dignidad. Tener satisfechas sus necesidades básicas al igual que las debe tener el alumno.
El problema educativo de Venezuela y el de la universidad no debe intentarse resolver con un cambio en el diseño curricular, dejando atrás la educación por objetivos para sustituirla por competencias, lo que luce estimulante y atractivo. La solución hay que buscarla en las bases del sistema educativo. Mejorar la educación en todos los sentidos. Propiciando siempre, en todos los niveles, la excelencia académica. Este objetivo no se alcanza con pobres docentes y docentes pobres. La excelencia académica comienza con docentes bien preparados y dotados de las mejores condiciones materiales y no materiales de vida. Lo peor de la relación profesor alumno es un profesor con hambre y un alumno también.
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