CONSIGNAS LABORALES DESGASTADAS Y SIN DESTINATARIO
Absalón Méndez Cegarra
Nos aproximamos a la celebración del primero de mayo, “Día del Trabajador”, celebración que tiene lugar en algunos países del mundo, entre ellos Venezuela, como recordatorio de una gran gesta laboral en favor de la disminución de la jornada de trabajo y en mejoras de las condiciones generales de trabajo. El día dedicado a honrar a la clase trabajadora es propicio para que los trabajadores reclamen sus derechos y reivindicaciones y exijan a sus empleadores, públicos y privados, mejores condiciones de trabajo, entre ellas, aumento de sueldos y salarios.
En Venezuela, un discurso animado por consignas de aumento de salarios y de pensiones, carece de sentido y significación por ahora, no, porque sean descabelladas o injustificadas, sino porque están desgastadas y carecen de destinatario. Son gritos que se pierden en el vacío, no se concretan en nada, debido a que el gobierno y su brazo político, el PSUV, por extensión el sector privado empleador y colaboracionista, se han hecho de una narrativa que les permite justificar cualquier tropelía, como la de negar la pobreza existente en el país y la depauperación de la clase trabajadora. Nos referimos a las tales sanciones que algunos países han impuesto a Venezuela, orientadas a asfixiar al gobierno usurpador y dictatorial, pero, que terminan asfixiando al noble pueblo, condenándolo a vivir en la miseria, mientras que el gobierno sigue haciendo de la suyas, sin que nada le afecte.
El gobierno de Venezuela ha obtenido un logro político, social y económico indiscutible. Ha logrado pulverizar y desaparecer al movimiento sindical, gremial, estudiantil y político. A los obreros y empleados, a los profesionales y técnicos, a los maestros y profesores de educación media y universitaria, a los militares, a los gremios federativos del comercio, la industria, la agricultura, la cría y a los militantes de los partidos políticos, le inoculó el virus de la quietud, la obediencia y la sumisión.
Es verdad, que el miedo es libre, todos tenemos miedo; pero, el miedo no debe ser paralizante, por el contrario, el miedo empuja hacia la acción hasta vencerlo. El gobierno ha hecho del terror y la persecución política un culto. Se crece ante la adversidad porque el control de las armas le permite someter al redil a la población. Ante este terrorismo de Estado la población se comporta sumisamente.
En el pasado ya lejano han quedado las acciones que expresaban desacuerdo y rebeldía de estudiantes y profesores universitarios, las cuales se traducían en paralización de las Universidades, porque en lugares como Camboya o Vietnam, por ejemplo, alguien había disparado un tiro. Este ambiente subversivo fue el que hizo grande a cantautores como Alí Primera y a sus canciones de protesta, entre otras, el” Tío Ho Chi Minh” o las “Casas de Cartón”, suerte de himnos nacionales de los jóvenes venezolanos en la década de los años 60 del siglo XX.
El movimiento estudiantil ha muerto, ha desaparecido. Ya no se enarbolan consignas como la de los “bachilleres sin cupo”, exigencias de reivindicaciones estudiantiles: comedor universitario, becas, transporte, servicios médicos, etc. Hoy día ocurren hechos en las Universidades que merecen la atención estudiantil, como la posibilidad de inscribirse en las asignaturas ofertadas periódicamente. Lograr inscribirse es una especie de carrera de velocidad, el que llega primero se inscribe, al completarse el cupo, no hay más inscripciones, dejando por fuera, sin inscripción, a cientos de estudiantes, todo debido a la ausencia de profesores. Y, los estudiantes, no hacen nada. Los profesores universitarios, empleados universitarios, profesores de educación básica y media, empleados públicos, trabajadores en general, al parecer, nos sentimos muy cómodos con los bajos salarios que recibimos y no protestamos, porque eso nos permite no ir a los centros de trabajo, quedarnos en casa o trabajar en otros lugares mejor remunerados y, así, convertimos el supuesto salario en un bono o beca. No hay por qué protestar, por lo que tenemos trabajadores, que no trabajan y son bien pagados; y, trabajadores, que sí trabajan y son mal pagados.
Los gremios universitarios se conforman con enviar por las redes consignas anunciando que tenemos más de mil días sin aumento de salarios y pensiones, lo cual es cierto y nadie lo duda; pero, ignoramos y silenciamos todo lo que está ocurriendo al interior del gremio y de las casas de estudios: fraude académico, incumplimiento de obligaciones laborales, violación de derechos humanos, ejercicio indebido de la autoridad, atropellos y acoso laboral de parte de autoridades contra profesores, empleados y estudiantes, violación de la libertad de cátedra, confusión entre el ejercicio de cargos de autoridad y representación gremial, prácticas autoritarias, despotismo, negación del derecho a la defensa, desaparición de la figura patronal o empleadora, pérdida total de la autonomía universitaria, inclusive, la administrativa y académica, ocupación arbitraria del Campus Universitario, violación por incumplimiento del ordenamiento jurídico universitario y otras anomalías más. Mañana, podría haber un ajuste de los sueldos y salarios y, nada se ganaría con ello, sí las arrugas e irregularidades siguen teniendo espacio en la Universidad.
Decimos que la consigna de aumento de salarios y salarios justos está desgastada, porque ese tema se ha convertido en un eterno problema. Hablar, como lo hace la Constitución de la República, de un salario justo, obliga a preguntar qué es justo y justo para quién. Lo necesario en la relación laboral es establecer el verdadero valor del trabajo que, en términos de factor de producción, contribuye a la creación de un bien o servicio y determinar su precio o valor de mercado o intermediación, algo que la teoría marxista explicó con profundidad analítica.
Colombia, en diciembre 2024, incrementó el salario mínimo en 9,5%, en atención al monto de la inflación acumulada en el año, elevando el salario mínimo de 1.300.00 pesos a 1.423. 500 pesos, 331, dólares americanos aproximadamente.¿De cuánto tendría que ser el aumento salarial en Venezuela para llevar un salario mínimo de 130 bolívares, 2 dólares, al costo de la canasta básica familiar que, ya supera, los 600 dólares-mes.? Esto sería lo justo. ¿Está la economía venezolana en condiciones de dar ese salto? Creemos, que, en la actualidad, no. Entonces, la sensatez se impone y, lo correcto, es buscar vías alternas, mejorar la protección social del trabajador, sus condiciones de trabajo, su seguridad y salud, su alimentación y, progresivamente, ir ajustando los sueldos y salarios. Lo prioritario es tener seguridad social. En el caso de las pensiones ese es asunto aparte. Las pensiones, según la Constitución y la Ley deben ajustarse periódicamente por la pérdida del poder adquisitivo del signo monetario con el cual se paga la pensión. Actuar de manera contraria es engaño, demagogia. No estamos defendiendo al actual desgobierno. Pensamos en un nuevo gobierno por venir.
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