VENEZUELA Y COLOMBIA: HERMANADAS EN EL DELITO
Absalón Méndez Cegarra
Las repúblicas de Venezuela y Colombia están unidas por lazos históricos, políticos, sociales, culturales y geográficos, al punto de constituir, en un determinado momento, un solo territorio y una sola gran nación: La Gran Colombia. La desagregación territorial y el establecimiento de ese artificio jurídico denominado límites dio lugar a la separación de la Gran Colombia en repúblicas independientes y soberanas. Venezuela y Colombia volvieron a su independencia y a ejercer soberanía sobre un territorio derivado de la aplicación del principio de “uti possidetis juris”, locución latina que refiere al problema de fronteras y límites de las Repúblicas Hispanoamericanas. El territorio que se poseía en tiempos del coloniaje español se mantiene como frontera y límites de las nuevas repúblicas. El territorio poseído se seguirá poseyendo.
Los límites geográficos entre Venezuela y Colombia son extremadamente frágiles, casi imperceptibles. Las fronteras geográficas poco cuentan cuando esas fronteras se hacen humanas y las ocupa una población determinada. Dicha población poca diferencia entre un lado y otro y se desplazan sin tomar en cuenta que están, supuestamente, en territorio que no les pertenece, vulnerando sus límites.
Venezuela comparte con Colombia una extensa raya fronteriza. Buena parte de ella está ocupada por pobladores venezolanos y colombianos que se movilizan sin miramiento alguno. Ese es un territorio compartido, más allá de lo que digan los puntos y rayas.
Lo que venezolanos y colombianos jamás imaginamos es que surgiría un nuevo tipo de relación, un nuevo lazo de unión entre Venezuela y Colombia, promovido por los gobiernos de uno y otro país, bajo el signo del delito.
Colombia, lamentablemente, lleva décadas con un conflicto interno que ha resultado difícil de resolver. La guerrilla colombiana evolucionó de una confrontación ideo –política que llegó a lograr el estatus de grupo deliberante con reconocimiento internacional a una organización armada y criminal dedicada al tráfico de narcóticos y armas y a la extorsión del campesinado lo que ha dado lugar al fenómeno del desplazamiento de población.
Venezuela, por su parte, logró superar la etapa de las guerrillas rurales y urbanas de orientación marxista y apoyadas por el liderazgo de la revolución cubana, para conformarse en una de las democracias más estables, sólidas y pacíficas de la región.
El advenimiento de la “revolución bolivariana” lo cambió todo. Venezuela empezó a transitar los caminos del tráfico de drogas y a establecer alianzas con las guerrillas colombianas ampliando considerablemente el espacio geográfico de su actuación. La frontera colombo – venezolana la rompió el delito. La delincuencia organizada, disfrazada de guerrilla, grupo armado, es, ahora, colombo – venezolana. El territorio de Venezuela, con el apoyo de los gobiernos de ambas repúblicas, es indiferenciado para el delito y, lo que ayer fue un aliviadero para la guerrilla colombiana es ahora territorio común como lo demuestra fehacientemente los hechos sucedidos hace pocos días, en la zona del Catatumbo, frontera de Venezuela con Colombia.
Investigaciones recientes, publicadas como reportajes por medios de comunicación escritos de amplia difusión en Colombia, tal es el caso de la Revista Semana y el Diario El Tiempo, dan cuenta de los pormenores e intríngulis del conflicto guerrillero colombiano, el cual ni
remotamente luce como discrepancias ideológica y de lucha social, ahora, se trata del control del negocio del narco tráfico el cual incluye una cadena de acciones que van desde la extorsión y presión a los campesinos para que abandonen sus cultivos tradicionales y los sustituyan por uno más rentable: el de la hoja de coca, el cual requiere, como todo cultivo, de cuidados especiales, recolección, procesamiento y comercialización, interna y externa, inclusive, como medio de pago. La coca es una mercancía que tiene, como todo bien transable, oferta y demanda y, su precio varía de las reglas del mercado.
Lo novedoso de esta gran tragedia humana que compromete a los pobladores de la frontera y al territorio binacional ocupado, es la presencia y participación activa de los gobiernos de Venezuela y de Colombia, bien, directa o indirectamente, por medio de sus carteles, razón por la que el conflicto – negocio se mantienen y lo que se busca es su fortalecimiento y la extensión territorial.
Venezuela, es, ahora, canal de comunicación para la exportación de la droga y para el consumo nacional; pero, además, es territorio ocupado por los grupos guerrilleros colombianos, quienes tienen presencia activa en varias entidades federales de Venezuela, cumpliendo un doble rol: el de traficantes de narcóticos y, al mismo tiempo, custodios de un gobierno que ha usurpado el poder en el país, conjunción orquestada para amedrentar al pueblo venezolano.
Esta fusión de intereses criminales de los gobiernos de Venezuela y Colombia es lo que explica el maridaje entre las figuras presidenciales de ambos países. El presidente de Colombia, llega al poder con el apoyo financiero y de otro tipo del presidente de Venezuela, según consta en denuncias hechas por los medios de comunicación de Colombia. El presidente de Venezuela, por su parte, espera del presidente de Colombia su apoyo irrestricto para mantenerse en el poder, luego de perder las elecciones presidenciales del 28J. Esa es la factura a pagar por el presidente colombiano. Este último, en su estilo acostumbrado, contradictorio y dubitativo, en un primer momento, dudó en reconocer el triunfo fraudulento de su amigo, argumentando la necesidad de la publicación de las actas de escrutinio, luego, argumentó que las elecciones en Venezuela no habían sido libres debido a las sanciones impuestas por los EE. UU, argumento verdaderamente pueril y ridículo, pues, las elecciones en Venezuela se dieron con las reglas que estableció el gobierno nacional. Finalmente, agotados los argumentos, optó por reconocer la usurpación del poder haciéndose representar por el embajador de Colombia en Venezuela, con lo cual el presidente colombiano termina haciendo alianza con un usurpador del poder, con un dictador.
El presidente colombiano, para sumar filas con el de Venezuela, se enfrentó al presidente de los EE. UU, a propósito de la deportación de inmigrantes ilegales nacionales de Colombia. El presidente de Norteamérica se ha excedido en calificativos al llamar a los inmigrantes, personas con derechos universalmente establecidos, delincuentes. Los inmigrantes no son delincuentes. Un buen argumento del gobierno de Colombia; pero, luego sucumbió, se rindió y se postró de rodillas al imperio, pidiendo clemencia. Así actúa la izquierda latinoamericana en el poder. Todo es un negocio.
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