GOBIERNOS HUMILLADOS
Absalón Méndez Cegarra
En la década de los años 80 del siglo pasado el atraso y subdesarrollo de los pueblos latinoamericanos se explicó por la vía de la teoría de la dependencia, de las relaciones centro – periferia. Venezuela, aportó importantes contribuciones al desarrollo de dicha teoría. Autores como Orlando Araujo, Héctor Silva Michelena, Héctor Malavé Mata, Domingo Felipe Maza Zavala, Armando Córdova, Rodolfo Quintero, Ramón Losada Aldana, Domingo Alberto Rangel, entre otros, dejaron un legado en la literatura de la dependencia.
La primera relación centro – periferia se dio en el período colonial. La riqueza de los imperios del momento se fortaleció con la explotación de los recursos de las colonias. Posteriormente, llegaron otros imperios hasta la consolidación de los Estados Unidos de América como la gran potencia mundial que hizo orbitar a su alrededor a los pueblos de América Latina, Venezuela entre ellos. Latinoamérica fue bautizada durante mucho tiempo como el patio trasero de los Estados Unidos de América. Así nacieron las repúblicas bananeras y las petroleras, subordinadas todas al imperio norteamericano, imperio éste que se daba el lujo de quitar y poner gobiernos, si no se alineaban a los intereses imperiales.
Esta breve y sencilla síntesis del coloniaje nos sirve de marco introductorio para tratar de entender y explicar algunos hechos actuales en lo que podríamos llamar el nuevo tipo de las relaciones imperiales.
Nunca, en el pasado colonial, que tengamos conocimiento, el imperio norteamericano dictó abiertamente una orden, un mandato, de obligatorio cumplimiento por los países de América Latina y el Caribe, como ahora lo ha hecho el presidente Donald Trump, recién electo, por segunda vez, presidente de la nación norteamericana, en pleno siglo XXI, en un mundo que se auto define multipolar.
Los gobiernos de Colombia y de Venezuela, rabiosos enemigos de los Estados Unidos, con discursos anti imperiales para públicos de galería, se han tenido que bajar los pantalones y postrarse de rodillas ante el señor del norte, el mandamás, en un acto de franca humillación, que los descalifica para siempre como jefes de Estado y de gobierno de países libres, soberanos e independientes.
Sus discursos, en adelante, rodarán por el piso como barajitas en desuso. Nadie les creerá absolutamente nada. Han resultado tan falsos y mediocres que avergüenzan a las naciones latinoamericanas. Son unos verdaderos bufones, modelo siglo XXI.
Gustavo Petro, exguerrillero, hombre de izquierda, presidente de la República de Colombia, acostumbrado a decir tonterías y cuestionar al imperio norteamericano ha hecho el ridículo. En una de sus acostumbradas bravatas quiso dársela de guapo, de hombre fuerte, ante la orden de Donald Trump de repatriar a nacionales de Colombia a su lugar de origen. Trump, sin duda alguna, exageró la nota, al calificar a los repatriados como delincuentes, lo que causó justificado malestar en la opinión pública del país. Los inmigrantes no son delincuentes. Son personas que se movilizan de un lugar a otro por diferentes razones, algunos, puede que hayan cometido delitos, como los cometen los residentes; pero, generalizar, es una conducta contraria a los derechos humanos de reconocimiento universal. Esta repuesta decente era más que suficiente; pero, Gustavo Petro se envalentonó ante Trump y se negó a recibir a sus connacionales traídos en aviones militares como prisioneros, posición, que mereció respaldo
por lo anti humana; pero, la bravata le duró una hora, al cabo de este tiempo se humilló y besó la bota imperial, ofreciendo este mundo y el otro. Una ridiculez total.
El caso del gobierno venezolano, aunque similar en algunos aspectos, difiere sustantivamente del hecho colombiano. El enfrentamiento de Trump, se dio con un presidente electo por el pueblo colombiano, en ejercicio constitucional de su mandato, situación que merece respeto en el orden internacional; en cambio, el enfrentamiento de Trump con Nicolás Maduro, resulta difícil de entender, pues, Nicolás Maduro no es presidente constitucional de Venezuela, no ha sido electo para el cargo, es, simplemente, un usurpador, por consiguiente, mal puede el gobierno de los Estados Unidos reconocerle una dignidad que está ausente.
A diferencia de la situación de Colombia, cuya orden fue dada desde afuera, sin portavoz alguno, la venezolana fue totalmente distinta. La orden la trajo un alto funcionario estadounidense enviado como emisario personal del presidente Trump.
El hecho admite varias lecturas: objetivas, reales o especulativas. Y, todas son válidas, hasta que se conozca de buena fuente a que vino el enviado del presidente Trump. Vino, solo, a liberar a los rehenes norteamericanos y solicitar la recepción de los venezolanos repudiados por el gobierno del norte o vino a algo más.
Los dos propósitos fueron logrados con creces y han desnudado por completo al aparato de administración de justicia venezolana. Ninguno de los delitos que se imputan a los presos políticos son ciertos, son imputaciones falsas, con ánimo de amedrentar y perseguir a los venezolanos que decidieron no seguir apoyando a un gobierno que ha destruido el país y la vida de los habitantes del territorio nacional.
No más llegó el enviado de Trump. Las cárceles se abrieron para dejar en libertad a seis rehenes norteamericanos. No hubo fiscal acusador ni jueces que se opusieron. No hubo delitos cometidos. Se demostró que la privación de libertad de estos señores extranjeros fue arbitraria y contraria a los preceptos constitucionales, como lo es la de todos los presos políticos. Nuestros presos políticos son moneda de canje.
No recibir a nuestros connacionales sería otra violación a los derechos humanos. Los venezolanos podemos salir y entrar al país cuando lo estimemos conveniente, así lo establece el artículo 50 de la CRBV. No es necesario pedir permiso a nadie. De manera que estos dos propósitos no ameritaban dar la mano al usurpador del poder en Venezuela. Tiene que haber algo más que, por ahora, los venezolanos no conocemos. Ojalá, y, ese algo más, sea la liberación de Venezuela, para que ningún gobierno venezolano sufra la humillación de postrarse ante gobiernos extranjeros. La risa estruendosa de los revolucionarios bolivarianos por el encuentro USA - Venezuela, es la risa de la sumisión, de la dependencia, del temor, del miedo, del que pide clemencia y perdón, del que ha sido descubierto en su mentira y engaño. En Venezuela no hay dos presidentes. Hay uno solo. El presidente electo: EGU, reconocido por EE. UU y por buena parte de la comunidad internacional. La voluntad soberana del pueblo venezolano se hará respetar. Amanecerá y veremos.
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