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166 DIAS FATÍDICOS PARA LOS VENEZOLANOS

                                              166 DIAS FATÍDICOS PARA LOS VENEZOLANOS

                                                                                                               Absalón Méndez Cegarra






Las elecciones presidenciales llevadas a cabo el día 28 de julio del año en curso marcan un comienzo que debe culminar el 10 de enero del venidero año 2025. Son 166 días que van desde el 29 de julio hasta el 10 de enero, momento en el cual el presidente electo el 28 de julio, debe tomar el poder político nacional.

Las elecciones fueron ganadas, sin duda alguna, por el candidato Edmundo González Urrutia, hoy, en el exilio; arrebatadas por el candidato perdedor Nicolás Maduro Moros. ¿Qué ocurrirá el 10 de enero? Nadie lo sabe. Ambos candidatos: uno, en pleno ejercicio de la presidencia de la República, otro, fuera del territorio nacional, manifiestan que tomarán posesión de la presidencia de la República ese día 10 de enero del nuevo año.

A los venezolanos se nos ha negado desde el año 1999 el derecho a disfrutar de unas navidades felices, en paz y tranquilidad. La “vaguada de Vargas” enlutó las navidades de ese año y la llegada al poder de Hugo Chávez. Venezuela lloró la pérdida de un gran número de venezolanos y la dispersión de gran cantidad de familias. Este hecho natural, calificado como desastre, marcó la entronización del chavismo – madurismo y de la mal llamada “revolución bolivariana” en el poder y el inicio de un tiempo fatídico para el país. La ruina que dejó la “vaguada” se fue extendiendo progresivamente por todo el territorio nacional, cual mancha de aceite y, en la actualidad, la ruina es nacional, comprende la totalidad del territorio.

Las navidades venezolanas desde entonces se han visto interferidas por algún acontecimiento político que las oscurece y dificulta. Un gobierno requerido de legitimación es ferviente defensor de procesos electorales para cualquier cosa y, sus eventos electorales se han venido realizando en el país, casi siempre, en el mes de diciembre, en respeto a los lapsos constitucionales y las fechas establecidas para la transmisión de mando o de poder.

El año 2024 no es la excepción. Unas elecciones presidenciales que han debido celebrarse en fecha próxima al término del período presidencial de Nicolás Maduro, por disponerlo así la CRBV, fueron anticipadas seis meses, tiempo debidamente calculado para someter a Venezuela y a los venezolanos a un estado de angustia, preocupación, desesperación, decepción y frustración, ambiente nada propicio para añorar una “feliz navidad y un venturoso nuevo año”.

El gobierno nacional convocó a elecciones presidenciales por ser obligación constitucional y legal, pero condicionó y negoció su realización, para ello obtuvo gran colaboración de diversos actores en negociaciones llevadas a cabo fuera del territorio nacional.

El primer gran triunfo del oficialismo fue la anticipación de las elecciones, acto con el cual pretendió sorprender a una oposición dividida, desorganizada y sin liderazgo visible. El oficialismo, desde un principio se sabía perdedor. Todos los indicadores y encuestas de opinión electoral lo advertían. La inteligencia oficial y la jugarreta política, al parecer, no advertida por la oposición, estuvo en convocar a elecciones anticipadas dado que, aun no teniendo el favoritismo popular, le permitía mantener y conservar el poder por medio año más, tiempo suficiente para llevar a cabo todo un plan macabro, el cual está en pleno desarrollo, lo que ha permitido al gobierno no solo concretar el fraude electoral, sino aferrarse al poder por las malas, contener todo tipo de repudio y conflicto popular, privar de libertad a miles de venezolanos, buscar apoyos internacionales y sembrar el terror y el miedo

en los venezolanos residentes en el territorio y los venezolanos que se mantienen fuera del territorio. En consecuencia, a riesgo de equivocarnos, el gran ganador de las elecciones ha sido el candidato perdedor. En segundo lugar, sin pretensiones de analista político, porque no lo somos, la calle se ha enfriado considerablemente y, según algunas evidencias, la unidad democrática comienza a tener fracturas debido a las ansias de participar en unas elecciones de Alcaldes, Gobernadores y Diputados a los Cuerpos Legislativos. Unos y otros andan en búsqueda de poder, no importa su tamaño y su peso específico. El poder es poder.

Son muchos los escenarios políticos dibujados para el venidero año. Unos optimistas, otros, los más, pesimistas. Recientemente, se ha hablado y lo ha hecho el recién presidente electo de los EE. UU, hasta de una intervención militar extranjera. Escenario nada deseable y condenable, aun cuando la nación ya está invadida y desde hace tiempo por fuerzas extranjeras militares, terroristas y narcotraficantes.

El conflicto político y social de Venezuela debemos resolverlo civilizadamente en Venezuela y los venezolanos. Debemos confiar en nuestras propias fuerzas democráticas puestas a prueba en otras oportunidades. En la capacidad organizativa del pueblo y en el rechazo dado por el pueblo a una forma equivocada de gobernar, sembradora de hambre, miseria y ruina.

En la jefatura del gobierno nacional, en la fuerza política que la sustenta – el PSUV- y, en la cúpula militar que la sostiene, tiene que tener prioridad el interés nacional, no intereses subalternos por importantes que se consideren. El presidente Maduro se mantiene en el poder desde el año 2013, no hizo ni ha hecho un buen gobierno, debe ceder paso a otro equipo, justamente, a quién resultó ganador en la contienda electoral del 28j. Nicolás Maduro y el PSUV perdieron, por hechos imputables a su gestión gubernamental, la base popular que les confería legitimidad. Resultaría un absurdo y demostración de una gran torpeza política que se le pida a esa otrora base política o al funcionariado público que se inmole por una causa que no tiene sentido, una causa que se negó a sí misma la posibilidad – oportunidad de crear una sociedad venezolana en paz, con progreso, desarrollo económico y con bienestar social para todos.

Todas las miradas del mundo están puestas en Venezuela. En lo que sucederá el 10 de enero del año próximo. No debería ocurrir más que un acto civilizatorio de transmisión del poder. Sí sucede algo distinto y se incita a una guerra civil y hay un derramamiento de sangre, estaremos en presencia de un golpe de Estado perpetrado por las fuerzas que resultaron derrotadas en unos comicios preparados anticipadamente por dichas fuerzas. Se cierra la vida democrática y se instaura una dictadura cívico- militar, más militar que cívica.

La comunidad internacional integrada por Estados, no por pueblos y naciones, defiende intereses de los Estado, no otros, ni derechos humanos, el apoyo requerido de ella es el reconocimiento de Edmundo González Urrutia como el legal y legítimo presidente de la república de Venezuela y, brindarle todo el apoyo necesario. Otra cosa es cobardía y complicidad con la usurpación del poder.

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